Un acto de despedida

Un acto de despedida

Hoy he asistido a un funeral en el que quien lo oficiaba ha situado muy por delante la memoria del fallecido a la propia ortodoxia de su fe. Lo comento porque me ha parecido algo completamente inusual y de una belleza sublime. (Hace unos meses, en otro funeral importante para mí, tristemente viví justo lo contrario. Sentí ganas de salir corriendo de allí ante la enorme insensibilidad de una ceremonia que parecía oficiada por un robot. Alguien que vio la oportunidad de captar nuevos feligreses)

Creo que hoy habría dado igual estar en una iglesia, en una mezquita, una sinagoga, al aire libre, etc. Y ello porque quien lo dirigía era un verdadero ser humano -más allá de sus ropajes- que ha comprendido que aquella ceremonia, de carácter multitudinario por las circunstancias del fallecido, era un acto de despedida. Un acto de reconciliación con la muerte que es indisoluble con la propia vida.

Desde mi punto de vista ha sabido estar a gran altura, aunque es probable que fuera reprendido si la parte más humana de su discurso -la que ha conseguido tocar el corazón de todos los que allí estábamos presentes- llegara a oídos de las altas instancias de su religión.  

Como reflexión final diría que en nuestros trabajos -y en la vida- tendemos a seguir protocolos cerrados, ajustados al máximo a lo que la sociedad que nos rodea espera de nosotros. La rigidez del protocolo sirve en la mayoría de las ocasiones para expulsar, para dejar fuera, nunca para integrar o para sumar. 

Gracias Florencio (ese es su nombre) por saltarte las rigideces, el protocolo, y “disparar” con tus palabras directamente a nuestros corazones.

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