Enfados con razón… y con corazón

Enfados con razón… y con corazón

Un niño se sentía dividido. Preguntó a su abuela si enfadarse era algo malo. Una parte de él estaba enfadada y otra juzgaba esa emoción como indigna de un buen chico.

Su abuela se agachó para que sus ojos y los de su nieto estuviesen a la misma altura y antes de contestar, le formuló otra pregunta:

-¿Tu te enfadas con corazón o sin corazón?

El pequeño dirigió la mirada hacia abajo como buscando que la respuesta viniese de los latidos de su pecho. Los niños intuitivamente escuchan mensajes provenientes de sensaciones corporales y entienden sin que nadie les enseñe ese lenguaje sin palabras.

-Con corazón, abuela- respondió.

Su abuela le explicó que todas las emociones son como motores que se ponen en marcha para que actuemos de una determinada manera.

-La rabia, la ira y el enfado nos mueven hacia defendernos, porque nos han quitado algo que es nuestro, porque ha pasado algo injusto, no salen las cosas como esperamos o nos han hecho algún daño. La rabia quiere que las cosas queden en su lugar. Si te defiendes sin corazón hieres a la otra persona. Pero si no te defiendes te haces daño tú.

Le siguió contando que los enfados que se quedan dentro del cuerpo mucho tiempo queman, como  un motor en funcionamiento pero bloqueado, sin que pueda poner en marcha ningún movimiento.

Pero si nos movemos, y expresamos lo que necesitamos y lo que sentimos con nuestra razón y desde el corazón, pensaremos también en las razones del otro y en su bienestar, buscaremos soluciones buenas para todos, sin hacer daño a nadie ni a nosotros mismos.

El niño agradeció a su abuela su respuesta, se llevó las manos al pecho y luego corrió… probablemente a resolver enseguida su enfado sin olvidar su corazón.

Carmen Guerrero

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