Desmontar el altar

Desmontar el altar

En la casa de su padre, lo primero que llamaba la atención al entrar eran dos paredes completamente llenas de fotografías enmarcadas. De diferentes tamaños, pero con una temática bastante repetitiva, captaban cumpleaños, viajes, fiestas, etc. Reflejos de una vida, instantes congelados en el tiempo, en los que su padre siempre aparecía rodeado de lo que él consideró que era su familia (independientemente de que hubiera lazos de sangre o no)

Visto desde la perspectiva de un antropólogo era algo muy parecido a un altar. Las imágenes ejercían de guardianes, flanqueando la entrada a cualquier visitante e impregnando energéticamente aquellas estancias ahora vacías. A pesar de que ya habían transcurrido casi tres años desde la muerte de su padre, frente aquellas paredes continuaba sintiéndose vigilado, como un niño sin permiso.

Descolgó todas la fotografías ayudado por su hermano y las fue metiendo en una enorme caja de embalaje como primer paso antes de decidir lo que haría con ellas. Después puso la caja en el coche y se la llevó hasta su casa. 

¿Colocar el altar al completo de su padre en su propia casa habría significado invadirla? Parecía claro que cada cual debe construir su propio altar, asomado desde la torre de la conciencia, no vio ningún sentido a importar altares ajenos.

Transcurrido un mes separó las fotografías de los marcos. Guardó con infinita delicadeza en una caja todas las fotografías, salvo una en la que su padre mostraba auténtica felicidad que situó en un lugar bien visible. Imagen que tenía la potencia, en positivo, de una bomba atómica.

¡Quedémonos siempre con lo mejor!

 

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