¡Si admiro la fuerza, debo hacerme fuerte yo!

¡Si admiro la fuerza, debo hacerme fuerte yo!

Alejandro Jodorowsky: Desde que era muy pequeño, entre 8 y 9 años, con la intención de desarrollarle su mente, comencé a plantearle a mi hijo Cristóbal una gran cantidad de adivinanzas Zen, “koans”, muy difíciles de resolver. El niño lo tomaba como un desafío, dándome soluciones que yo rechazaba por no ser justas. Después de inmensos esfuerzos, de pronto lanzaba un grito y encontraba la solución correcta. Una solución que monjes zen a veces tardaban años en encontrar. El primer contacto que Cristóbal tuvo con los koans fue cuando le conté la historia del collar del tigre:

Un joven llega ante un Maestro. Este lo mira con ojos tan intensos como los de una fiera. El santón es enorme y tiene tal energía que el discípulo tiembla. “¿Qué haces aquí?” “¡Busco la luz!” “¡Estás en medio del río y te quejas de que tienes sed!” “¡No entiendo, Maestro!” “Si resuelves esta adivinanza podrás comprender: En un bosque hay un tigre terrible que tiene un collar. ¿Quién se lo puede quitar?” El estudiante responde: “¡Un hombre más fuerte que él!” El Maestro le da un bastonazo en la cabeza. “¡Perezoso! ¡Vete y no vuelvas hasta que estés seguro de la respuesta!” El joven, conteniendo la sangre que corre desde su cuero cabelludo, se interna en un bosque, a meditar. Después de muchos días vislumbra una respuesta. Corre hacia el Maestro. “¡Le puede quitar el collar quien lo puso!” Le responden: “¡Intelectual asqueroso!” Y le dan otro palo en la cabeza. Llorando de impotencia, el discípulo vuelve a sus parajes solitarios. Odia al Maestro. Sin embargo regresa a verlo. “¡Es el tigre quien se puede quitar el collar porque él mismo se lo puso!” “¡Imbécil romántico!” ¡Zas! ¡Palo! Ensangrentado, el joven se refugia en una caverna. Grita a las sombras: “¡Yo soy el tigre, él es mi animalidad! ¡Un día me apareció un collar en el cuello para revelar mi esclavitud! ¡Tengo que convertirme en un humano para quitarme yo mismo esta ignominia de ser aún una bestia!” Sale. Ve un perro campeón seguido por otros más débiles. Deprimido, se siente perro débil y sigue con dolorosa admiración al jefe de la jauría. Encuentran a una joven perra que por primera vez ha sido madre. El campeón intenta devorar a los cachorros. La perrita, convertida en energúmeno, le salta al cuello, aferrándose a la yugular y de ahí no se desprende hasta que el gran can cae muerto. El joven, en un destello, ve por fin la respuesta. Dando un grito de alegría, corre hacia el Maestro. Se quita el cinturón. Lo ata alrededor del cuello del feroz santón y lo jala hasta sacarlo de su sitio. Allí se sienta él. El Maestro ríe a carcajadas, lo abraza y le dice: “¡Ya eres tu propio amo; has triunfado!¡Se ha encendido una luz!”

Cristóbal exclamó: “¡Comprendo: si admiro la fuerza, debo hacerme fuerte yo!”. Y fue entonces cuando comenzamos las batallas de koans

El placer de pensar

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