¡Tú puedes vivir muy a gusto fuera!

¡Tú puedes vivir muy a gusto fuera!

Combato este visceral rechazo nuestro a alejarnos del lugar de nacimiento.

¿Tiene datos al respecto?

Una encuesta desvela que sólo un 24% de los jóvenes españoles ve interesante probar fortuna lejos de casa. El 32% sopesaría irse sólo en caso de necesidad. Y el 25% lo ve como algo dramático, como último recurso.

Será que somos muy familiares.

Las relaciones familiares se refuerzan y ganan en calidad si les quitas rutina y metes intensidad: ¡qué alegría, cada vez que iban a verme! ¡Qué abrazos, cuando venía yo! Mucho mejor que la monótona paella dominical en casa de mamá o de la suegra.

Lo suyo es proselitismo del nomadismo.

El mundo es amplio y lleno de oportunidades. A mis hijos les he transmitido desde niños las ventajas de vivir en sitios distintos.

¿Qué ventajas?

Abres tu mente a diversos modos de ver las cosas, a distintos hábitos y actitudes, a culturas varias, ¡a hablar otras lenguas! Y aprendes a poner lavadoras y a planchar, ¡importantísimo! Y ganas amigos en todas partes.

Suena bien.

Daré conferencias en Roma, Londres y París, y no reservaré hotel: ¡en todos esos sitios me esperan amigos, me quieren en su casa!

Aquí me ha convencido.

Basta de mirar al que se va como si malograse su vida. ¡El mundo es maravilloso!

¿Convenció a su abuela?

Y a mis padres. Primero piensan: “Pierdo a una hija”. Luego valoran lo bonito de visitarme y de aprender tanto de cada lugar donde vivo. Padres: ¡no frenéis a vuestros hijos, dadles alas! Decidles: “Ve y disfruta, aprenderemos contigo”. ¡Todo está bien!

¿Qué es lo peor de irse fuera?

Al principio te sientes solo y desubicado, pierdes rutinas. Pero pronto sucede algo…

¿Qué?

Cuando pierdes las rutinas, la percepción del tiempo se modifica: lo vives con mayor intensidad y claridad. Es un fenómeno de la memoria sensitiva, me lo explicó un filósofo del tiempo, mi amigo Mauro Dorato. Y sí.

¿Y la soledad, qué?

Afuera haces amigos con asombrosa facilidad, rapidez e intensidad. ¡Amigos para siempre! Ayuda aquí a alguien que llegue de fuera, ¡y su gratitud será eterna!

Lo triste es tener que irse porque aquí no hay trabajo.

De lo malo ¡saca siempre lo bueno! Y crecerás. Y hoy el mundo es más cercano gracias a Skype, WhatsApp, e-mails, redes… ¡No pasa nada!

Se habrá topado con cosas chocantes.

En Roma todos viajan sin billete en el bus, pero yo me empeñé en querer comprar mi billete. No hubo manera. El quiosquero se hartó: “Déjelo, el Ayuntamiento no nos envía billetes. Y si un día nos llegan, ¡compre muchos, por favor!”. Lo dejé correr.

Si decido irme, ¿qué es lo primero que ­debo hacer?

Informarte muy bien para decidir en qué barrio te conviene instalarte. Y si te equivocas, ¡cambia! Tras treinta mudanzas en veintidós años fuera, cada vez me parece más fácil.

¿Qué más aconseja a quien se vaya?

Llevas puestas unas gafas…, y afuera llevan otras, las suyas: tú no malinterpretes nada sin antes haber intentado verlo con sus gafas. ¡Y disfruta de todo lo que suceda!

Eso sirve igual aquí.

Sí, pero afuera es mucho más fácil sacudirte máscaras, etiquetas, lastres, prejuicios ¡y reinventarte! Allí no oirás: “Tú no eres así, esto o eso no te cuadra”. Sin oposición, afuera puedes construir una versión mejorada de ti mismo. Y gustarte más. Vete afuera, sin miedo: ­serás una persona más interesante.

Extracto de una entrevista con Mercedes Segura, profesora de comunicación. Fuente: La Contra de La Vanguardia

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