¿Podemos realmente evitar los condicionamientos infantiles creando escuelas alternativas?

¿Podemos realmente evitar los condicionamientos infantiles creando escuelas alternativas?

Una pareja que acudió hace poco a mi consulta por graves problemas con el comportamiento de su hijo en sus relaciones con sus compañeros, me hizo replantear mis teorías y postulados sobre la revolución cultural en la educación. Me hizo, como se diría alegóricamente, levantar la vista del papel y mirar al paisaje real, que siempre estuvo ahí, pero al que yo no presté atención, infatuado y convencido de que las teorías sobre la moderna educación eran definitivas y acertadas.

Esa pareja de ecologistas alternativos no llevaron a su hijo a la guardería porque decían que eso era dejarlo aparcado mientras ellos de dedicaban a otras cosas. Hasta los 4 años siempre estuvo con la madre o con el padre, disfrutando de un mullido mundo aparte en el que disponía de una habitación solo para sus juegos, a pesar de que la pareja eran ambos maestros de escuela pública y por tanto no disponían de muchos posibles económicos, pero los empleaban en rodear al niño de todo lo que podía hacerle feliz. Un mundo acolchado y por supuesto artificial. Todo gravitaba a su alrededor. Si se le ocurría agarrar un álbum de fotos de la familia y ponerse a rasgar las fotos pues no le reñían para no coartar su libertad y, según decían, su creatividad. Jamás le alzaron la voz ni señalaron límites ni siquiera un día en que no llegaron a tiempo a evitar que se cortara con un cuchillo. Se distanciaron gravemente de sus amigos íntimos y de infancia porque estos les decían que estaban haciendo mal en evitar que el niño creciera en un mundo “normal”.

Vinieron a mi consulta porque el niño se había enfrentado a todos sus compañeros de escuela porque no llegaba a comprender que éstos no cedieran a sus exigencias, caprichos y le otorgaran el puesto de centro del universo (entre otras razones porque eso hay que ganarlo, no exigirlo).

Una de las primeras cosas que hice fue encararme con el niño para decirle que no podía tocar ningún objeto de mi estudio y muchos menos lanzarlo al suelo para divertirse viendo de qué forma de rompía, tan pronto adiviné que se levantaba del sillón para hacer eso. Lo hice sobre todo implícitamente para que los padres tuvieran claro si querían continuar con la consulta o no, antes de perder tiempo. Su silencio fue su aquiescencia de que estaban asfixiados por los acontecimientos y necesitaban continuar.

La reflexión va mucho más allá de las discusiones interminables sobre cuál de los diferentes diseños educativos es mejor que otro para crear generaciones de ciudadanos libres. Y es que esa anécdota me hizo aflorar la sensación de que sea cual sea el sistema educativo que hayas tenido que sufrir (el mío fue el de la escuela pública de los primeros años de posguerra, en los que el franquismo aún no había disimulado su careta de fascismo nacional sindicalista de las juventudes falangistas y la Juntas de Ofensiva al más puro estilo hitleriano), de adulto tendrás que sumergirte en los océanos más embravecidos del trabajo personal para irse despojando de todos los condicionamientos adquiridos. En el caso de aquel niño, el de ser una especie de pacha absoluto para quien los adultos (sus padres) eran meros esclavos al servicio de sus caprichos. Y es que, como la vida de cualquiera de nosotros dando tumbos por por estos mundos de Dios no se parece en absolutamente nada de lo que han intentado transmitir nuestros padres, y por supuesto la escuela de turno a la que nos hayan enviado, sencillamente porque la influencia tanto de nuestros padres como maestros, ha estado sobrecargado con sus propios condicionamientos y frustraciones, supuso simplemente una enorme carga de la que el adulto ha de desembarazarse lo antes posible.

Es decir, sea cual sea la educación recibida, el adulto más pronto que tarde ha de decidirse a empezar el proceso de liberarse de ella. Dicho de otro modo, déjenme recordar mis orígenes en la búsqueda. Krishnamurti respondió a una pareja que le preguntó a qué tipo de escuela debían mandar a sus hijos para hacer de ellos ciudadanos libres: “Mejor no los eduquen; ya nacieron libres”.

Juan Trigo

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