Pido disculpas por difundir

Pido disculpas por difundir

En el marco de una familia que aspiraba a habitar el Paraíso divino después de la muerte, creció con la creencia de que era bueno ser servicial a los demás. Comprobó en actos sencillos que hacerlo desde el corazón producía beneficios al que da y al que recibe. Hace unos años descubrió el mundo de los blog y se dedicó en cuerpo y alma a compartir lo que aprendía y a difundir lo que creía bello y útil. Ese “Nada para mí que no sea para los otros” que le enseñó Alejandro Jodorowsky, lo llevaba a la práctica cada día con espontaneidad y alegría cuando se abría su portátil y posteaba en plataformas que, como escenarios interactivos, servían de vínculo entre el blogguer y el seguidor.

“La inocencia no tiene nada que temer”,  escribió el poeta Jean Baptiste Racine. Esa bendita inocencia que copiaba y pegaba textos e imágenes, nombrando el autor y enlazando el post a la fuente, claro, empezó a desaparecer cuando apareció en escena el miedo a las denuncias por plagio y por fraude de autores que tienen miedo a que se les robe la “propiedad intelectual”, cuando lo que en realidad se está haciendo es convertirla en más asequibles y más visible al mundo.

Difundir un modelo explicativo, una teoría, una idea, un consejo útil, una imagen preciosa, etc, sin ánimo de lucro, produce beneficios tanto a los autores por recibir el regalo de una propaganda gratuita de su “producto”, como a los lectores, por hacerles llegar un obsequio enriquecedor de manera fluida, con solo entrar en uno de sus blog favoritos. Pero esas buenas intenciones se vieron injustamente cuestionadas y el compartir se hacía ya con miedo a ser denunciado. Era necesario cambiar de camino. ¿Rodearse de colaboradores y difundir sus propias creaciones?

Ese blogguer se planteó despedirse de la bendita actividad de difundir material de otros alegremente. “Pido disculpas por servir inocentemente a la preciosa labor de sembrar las semillas que de otros me llegaron”, dijo.

 

Carmen Guerrero

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