No te fijes en cuánto das, sino en dar todo lo que eres capaz de dar.

No te fijes en cuánto das, sino en dar todo lo que eres capaz de dar.
Alejandro Jodorowsky: Hay quienes, no se sienten con los méritos necesarios para realizar una gran obra. Esta fábula puede serles útil:
     Un tirano no había encontrado mejor solución, cuando escaseaban los alimentos, que masacrar poblaciones enteras. Los aldeanos que lograban escapar formaban grupos guerrilleros, dedicándose a practicar infatigablemente, junto a sus mujeres e hijos, las artes marciales. Entre ellos había un idiota que, incapaz de manejar un arma, se dedicaba a la cocina. Un día encontraron en una aldea devastada, como único sobreviviente, a un niño pequeño. Pensaron que sería una carga y que era mejor, ya que no tenía padres, dejarlo morir. Pero el idiota decidió adoptarlo. Ordeñó cabras, fabricó pañales con hojas, calmó la fiebre infantil con rocío. ¡El niño sobrevivió! Fue creciendo. El idiota le enseñó lo único que sabía: pelar papas. El muchacho, sentado junto al fogón, veía a los hijos de los otros manejar las armas con maestría y lo embargaba un gran dolor. Cuando ya no pudo contenerse, insultó al bobo: “¡Hombre ignorante, mira lo que has hecho de mí: un castrado bueno para nada! ¡Tengo fuerza para estrangular a diez tiranos y la estoy usando para remover el cucharón de una insignificante sopa! ¡Me avergüenzo de ti! ¡No eres mi padre! ¡Te abandono!” Y se fue a otras regiones en busca de nuevos guerrilleros. Con gran dificultad aprendió a pelear. Progresó más que todos. Llegó a jefe. Unió los grupos dispersos. Atacó al tirano y lo venció. Fue coronado rey. Un período de paz mitigó el sufrimiento de tantos años. Vino la prosperidad. Desgraciadamente brotó una epidemia. La peste diezmó poblaciones enteras. El héroe convirtió a sus soldados en enfermeros. En una aldea, en medio de un montón de muertos, encontraron un bebé que lloraba al borde de la agonía. Nadie se quiso acercar a él por miedo a atrapar la terrible enfermedad. Ya se iban, cuando vieron a un anciano harapiento acercarse al infante, alzarlo con ternura, morderse un brazo y calmar la sed del niño con su propia sangre. El rey reconoció al idiota de su infancia. Lo abrazó, llorando, y, por fin, se dio cuenta de sus méritos.
 ¡No te fijes en cuánto das, sino en dar todo lo que eres capaz de dar: aunque sea poco puede ser la semilla de un gran árbol!
El placer de pensar
A %d blogueros les gusta esto: