Historias y chistes que ayudan a pensar (1)

Historias y chistes que ayudan a pensar (1)

“Mi mujer ha muerto y estoy deprimido”, dice un enfermo. El médico le responde: “Los anti-depresivos le ayudarán a olvidar a su mujer, y otra mujer le ayudará a olvidar los anti-depresivos”.

  Alejandro Jodorowsky: No hay que obstinarse en permanecer sumergido el dolor cuando de pronto alguien nos deja. Debemos darnos cuenta que nunca poseímos nada, que nada nos pertenecía, que todo era prestado. No es que hayamos perdido, sino que las cosas volvieron a ser lo que en verdad eran. Hay quienes permanecen 20 o 30 años en el luto, sacrificando su vida. Esto quiere decir que el duelo les conviene para conservar su muy oculto rencor, no sueltan al muerto para continuar asesinándolo. Es necesario dejar durante un tiempo extinguirse naturalmente el dolor, así, mientras ese dolor disminuye, el amor crece. Nuestro deber vital es dejar crecer las ramas de un nuevo afecto, no permanecer encerrados en el sufrimiento, para aceptar que cada nuevo día de vida es un regalo divino. La primera vez que vi a mi Maestro Zen, me mostró una palabra japonesa que había dibujado en un muro: “Felicidad”.  Esa palabra resumía toda su doctrina. “¿Si eso no te hace feliz, de qué te sirve meditar 24 horas por día?” Deja que con libertad, por la oscuridad de tus venas, circule la roja sangre del amor.
  “Mi mujer me viene a ver una vez por año, para saber muchas cosas de mí. Pero se equivoca: en un año no pasa nada importante, mientras que cada día tengo muchas cosas que contarle”.
   Un pensamiento de una gran belleza. Casi todas las personas que padecen una enfermedad que las condena a una pronta muerte, se dan cuenta que no son importantes para ellas las grandes cosas, sino las cosas pequeñas, como una flor que se abre, una mariposa que revolotea, una hermosa nube, el sabor de un fruto. Lo que más cuenta en la poca vida que les queda son las cosas efímeras, y como todo es efímero, todo se convierte en un milagroso placer… Cierta vez convencí a una amiga para que entrara en una clínica psiquiátrica, porque veía marchar junto a ella paquetes de cigarrillos con patas. Un día, cuando estaba ya internada, le regalaron una maceta con una planta, al parecer seca.  Ella todos los días vertía en su tierra un vaso de agua.  Al cabo de dos meses. en la planta creció de pronto una hojita verde. Mi amiga se puso a llorar de alegría. Me contó: “En ese momento comprendí lo que era el amor. Es el gran agradecimiento al otro por existir”. Cuando tuvo este pensamiento, recuperó la razón. Había aprendido a agradecer… Es muy difícil aprender a agradecer. Creemos hacerlo, pero en verdad no agradecemos, creemos que todo no es dado porque lo merecemos.  Cuando en la enfermedad se conoce la humildad,  nos damos cuenta que la vida y todo nos es dado por un inmenso amor.
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