El collar de perlas

El collar de perlas

Se puso a empollar la perla con inusitada dedicación. Día y noche, sin comer ni dormir, seguía sentada sobre la nacarada esfera. Había preparado un mullido cojín de algas y de nada valían las consignas de sus vecinas. “¡Déjalo, no sirve de nada empollar una perla!”, “¡Estás loca, ni que fuera un huevo!”, le decían al pasar. Ella hacía oídos sordos a cualquier intento de convencerla de la absurdidad de tal propósito y continuaba su sagrada misión. Frente al mar, empollaría la perla hasta que el dolor encerrado en su interior rompiera su cáscara de nácar. Un día, absorta en su irrenunciable incubación, ni cuenta se dio que alguien se acercaba con paso decidido. “Hola, preciosa, a ti te estaba buscando”. Sus ojos se encontraron. Notó un chasquido debajo de la falda, su cuerpo se estremeció y una sonrisa infinita acompañó mil lágrimas liberadoras. Sintió las gotas como brotaban de sus ojos, corrían por las mejillas, descendían por el cuello y creaban el más hermoso collar de perlas jamás imaginado.

Montserrat Tubau

Árbologa, taróloga y consultora personal

www.tubitubau.blogspot.com

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