¿Cómo destronar a un “niño emperador” cuando ya es adolescente?

¿Cómo destronar a un “niño emperador” cuando ya es adolescente?

Entendemos por “niño emperador” el que ha crecido hasta hacerse adolescente, incorporando un modelo jerárquico de relaciones en su hogar en la que él ocupa el lugar más elevado.

Ocupar el trono imprime un código de conducta en el que el niño termina creyendo lo siguiente:

-Tengo todos los derechos y ninguna responsabilidad.

-Las personas de mi entorno se ocupan de que “quiero” signifique “tengo” y cuanto antes, mejor.

-Mis necesidades están siempre por encima de las suyas. Ni siquiera sé ponerme en el lugar de los demás para contemplar lo que están sintiendo.

-Se hace lo posible y lo imposible para que yo no entre en estado de rabieta y mi nivel de tolerancia a la frustración es cada vez menor. No soporto ni un límite, ni una norma, ni un “no” que vaya en contra de mis impulsos, deseos o necesidades.

Este código en el marco de interacción de un niño con sus padres es un verdadero problema familiar, pero cuando se enmarca en la forma de actuar de un adolescente dentro y fuera de casa, se convierte además en un problema de grave inadaptación social.

Lo que antes era consentir un “no” a la hora de ir al baño, o comprarle lo que pedía para evitar la rabieta en un supermercado, ahora se convierte en un “no” a volver a casa a una hora razonable, alejarse de las drogas o faltar a clase hasta perder el curso. Las rabietas de aquel niño ahora son falta de respeto e incluso respuestas violentas hacia los padres. No olvidemos que él ha crecido con el mapa mental de que ocupa el lugar más alto de la jerarquía familiar.

La dificultad del reto de destronar a este adolescente emperador depende de varios factores (rigidez de los comportamientos aprendidos, el tipo de vínculo paterno-filial, el nivel de conciencia de los padres, sus propias experiencias como hijos, etc.) y, en ocasiones, va a ser necesario acudir a un profesional de la psicología para obtener pautas precisas de intervención familiar.

No creemos que sea fácil, ni que exista una receta universal que garantice ser válida para “destronar al emperador” en todos los casos, ni mucho menos. La buena noticia es que sí podemos comenzar por realizar pequeños cambios en la dirección que deseamos: aumentar en él la empatía, la tolerancia a la frustración y la responsabilidad.

-Antes de dirigirnos a él, asegurarnos de que le hablaremos desde nuestra parte adulta, no desde nuestra parte enfadada. Quizás tengamos que respirar profundo tres veces, contar hasta 10, o cualquier fórmula que sepamos que nos funciona para autorregularnos emocionalmente. La violencia y los castigos no solo no son efectivos para educar, sino que son perjudiciales para el desarrollo de los hijos y crean grietas dolorosas en la relación de los padres con ellos.

-Tener presente qué habilidad necesita desarrollar nuestro hijo y poner en ella el blanco de la intervención después de cualquier incidente; no en juzgarlo, descalificarlo, quejarnos, ni expresarle críticas o largos discursos.

-Reforzar sus valores, sus logros, su esfuerzo por pequeño que sea. Es necesario poner el foco de atención en lo positivo y organizar actividades para pasar con él momentos distendidos y alegres.

-Preguntarle, en momentos de conexión, con tono curioso y sin prejuicios, por las causas de sus conductas o sus negligencias. Dejar espacios de silencio para que él pueda conectar consigo mismo. No forzar diálogos cuando el chico no está receptivo. Atender a sus necesidades y sentimientos. Validar sus emociones. Interesarse por su mundo.

-Dejar que participe en la búsqueda de soluciones, fijar los límites y las normas escuchando sus ideas. Cuando haya desacuerdo, o conflicto de necesidades o intereses, mejor que un “no” es un “sí” con condiciones. Aplazar una recompensa o negociarla con creatividad si es posible.

-Ser buenos modelos para él en cuanto a expresar sentimientos, escuchar con empatía e intentar comprender sin filtros de juicio, en el respeto y en la búsqueda activa de de soluciones creativas que tengan en cuenta el bien de todos.

Todo ello será mejor en una atmósfera de conexión padres-hijo que en medio de una guerra de poder. Hay un lugar intermedio entre la permisividad y el autoritarismo y ese espacio es el que llamamos  la práctica de la disciplina amable. Así, poco a poco, en el trono del sistema familiar no se sentarán ni los hijos ni los padres, sino el vínculo de amor que los une a todos.

Carmen Guerrero

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