Calor y amor. Luis Miguel Andrés

Calor y amor. Luis Miguel Andrés

Asombra que en los tiempos que corren, después de tantas luchas y logros de todo tipo, sea de emancipación de roles o de prevalencia del individuo sobre el conjunto de borregos masificados, una parte nada despreciable de la gente se queje de su mala o poca suerte en el amor. No nos extenderemos en la definición del tópico, donde por extensión y quizá incluso por capacidad, estemos derrotados de antemano. Ya existen demasiadas versiones del amor en edición de bolsillo y en rústica. Que cada cual a su manera haga de las flechas lanzadas por Cupido un sayo, y lo viva como pueda y quiera.

Uno de los lugares comunes en el tema que nos ocupa es aquella odiosa por ponzoñosa expresión de “la media naranja”. Si nos consideramos mitades que solo generan una totalidad necesariamente acoplándose al otro, vamos por mal camino. Partamos de la base de que somos seres íntegros (nadie va a aportarnos piezas que no tengamos, en el mejor de los casos, la pareja nos recordará que las tenemos y que funcionan, aunque estén olvidadas y mal engrasadas). Lacan decía que el motor de nuestra vida es el “deseo incolmable”, aquel que, de poder ser satisfecho, aunque por definición es imposible, nos haría buscar un ideal mucho más elevado, y por lo tanto, fuera de todo alcance terrenal. En la pareja que nunca llega pasa lo mismo: partimos de un ideal tan fuera de nuestro alcance que necesariamente estamos abocados al fracaso. Como infausto lecho de Procusto, ningún pretendiente dará la talla, y nos veremos, oh Destino, condenados una vez más a la más terrible de las solterías. Pensemos mejor que en lugar de una fruta de tan limitada estación, somos una llama que, unida a otra, alumbra más en la oscuridad.

Pero ¿nos preguntamos alguna vez en qué fallamos nosotros y no los otros? Hay más de 7 mil millones de habitantes en el mundo. En apenas dos siglos de historia recordada, no ha habido tantas formas distintas de conocer a gente: fuera de las discotecas y bares, reducto ya de nostálgicos, las mil y una app y redes sociales existentes nos permiten contactar de manera rápida por inhumana con mil perfiles distintos. Y si lo de la exigencia de la que hablábamos al principio nos apremia, simplemente, eliminemos todo posible filtro de la aplicación… Insisto en que, si hay tanto pretendiente potencial ¿cómo es que nadie acopla? La respuesta quizá esté en que no toleramos la sensación de estar con un mismo (es odioso e incierto aquello de que si no se está en pareja se está solo). En la soledad, cantaba el maestro Cabral, te conocerás. Como el dolor casi insoportable de una herida purulenta justo antes de ser curada, estando con uno mismo es la única manera de verdaderamente descubrir qué tesoro podemos aportar no solamente al otro, si no al mundo. Pensar que la felicidad depende de estar al lado de alguien o dentro de su cama es tan absurdo como pensarlo de un trabajo o de una moto de alta cilindrada. Pero es más fácil dar la pataleta, no aguantarnos a nosotros mismos desaprovechando una oportunidad infalible para reconciliarnos y decir que nadie encaja en nuestras vidas. Bienaventurado aquél o aquélla que no haya caído en garras de alguien así: no hay peor desgracia que compartir un solo segundo con alguien tan insatisfecho.

En este caso, la prisa es también  la peor consejera. No creo que sea cuestión de no poder conocer a nadie, algo casi imposible según hemos visto con las nuevas tecnologías, sino de que no damos tiempo a conocernos a nosotros mismos conociendo al otro: el pretendiente es un espejo. Inconscientemente rechazaremos nuestras partes más oscuras que veremos como defecto, o incluso virtud, en el otro. Como adultos infantiles que evitan los dos primeros platos, nos lanzamos con avidez sobre el postre del sexo, y solo las sábanas quedan como testigo del propósito frustrado de algo más duradero. No necesariamente lo que empiece en la cama ha de estar condenado al fracaso: simplemente nos habremos perdido parte del menú, esto es, conocer de antemano la pericia del cocinero (y algo más al pretendiente) antes de tomar los dulces. Después del atracón con la tarta de chocolate, ¿quién va a tener estómago para los entrantes?

Como niños pequeños que se han cansado de tanto juguete antes incluso de sacarlos de sus cajas, de tantas posibilidades no tomamos partido por ninguna, esperando siempre la mejor, que es la que jamás llega. El amor no se encarga de unir insatisfechos o convencidos masocas de que el mundo conspira contra ellos. No hay hormigón que una más fuerte que la felicidad. Se trata de salir de nuestro concepto de lo que debe ser la pareja y dejarse sorprender. Se trata por supuesto, de haber guardado el luto y lamido las heridas hasta hacerlas desaparecer como correoso camuflaje de guerra. Es imposible amar y ser correspondido si de verdad no se aprecia el valor del amor que se entrega. Ámate a ti mismo para poder amar al otro. Sigue ese orden y por supuesto no te quedes en el primer paso. Es decir, primero enamórate y luego busca de quién. Después de todo, no creo que podamos quejarnos de mala suerte. No olvidemos que el amor es eterno mientras dura, y de que allá donde vayas, siempre estarás contigo.

 

Luis Miguel Andrés es profesor de filosofía y consultor personal

Twitter: @_LuuisMigueel_

1 Comentario

  1. alberto santos 3 meses hace

    Precioso, claro, manifiesto, esperanzador, eterno, eso es el Amor, cuando uno se entrega al sentir y deja de lado todo tipo de pretensión y encaje en las creencias programadas. Gracias

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