Alejandro Jodorowsky. “La escalera de los ángeles”, un libro luminoso nacido de la sombra.

Alejandro Jodorowsky. “La escalera de los ángeles”, un libro luminoso nacido de la sombra.

Alejandro Jodorowsky: El sufrimiento emocional era tan intenso que el cuerpo entero me dolía. Me sentía culpable de respirar. Todo lo que fuí hasta ese momento había estallado en innumerables pedazos. ¿Por qué él y no yo? La muerte brutal de mi hijo me convirtió en un espejo roto…

Los alimentos perdieron su sabor, el sueño se hizo pantano; desprovisto de palabras, la única expresión que me quedaba era el llanto. Los seres humanos, las plantas, los animales, los objetos, todos formando parte de él, el mundo entero era su ausencia. Esa inmensa desesperación hizo que me diera cuenta de mi absoluta falta de fe: si había Dios, Él era indiferente. Después de aquello que yo llamaba vida, sólo se nos concedía un abismo negro.

Imposible de aceptar un rostro interior con la capacidad de reencarnar. No había más futuro que las cenizas. Buscando consuelo viajé a México para visitar a mi maestro zen, Ejo Takata. Sólo me dijo una palabra: “Duele”. Eso me bastó: no había consuelo. No me quedaba más que soportar el dolor. ¿El dolor, la alegría, la innumerable gama de sentimientos? Nubes efímeras atravesando el azul de un cielo infinito. Si quería volver a vivir, tenía que encontrar en mí mismo aquella región donde lo personal se disuelve, donde ser consiste en aceptar que no se es.

La llaga, si bien no desaparecería, por lo menos dejaba de torturarme cuando me sumergía en el pensamiento puro… Aquel que no expresaba los detalles del individuo, ni sus angustias, ni sus emociones, ni sus deseos, ni sus necesidades, sino que se buscaba a sí mismo, tal un espejo reflejando a otro.

Cuando en mi oscuro rincón de duelo, sentado en posición de meditación, me desprendía del yo personal, entraba en la diáfana dimensión donde, cual extrañas plantas, surgen infinitas maneras de pensar. No hay fórmulas limitantes, no hay una verdad sino miles, simultáneas, contradictorias, complejas, simples, útiles e inútiles. La única cualidad que las hermana es la belleza. Pensar no es una ciencia sino un arte. Lo que se dice nunca se comprende en su totalidad, sólo se intuye.

En el Génesis, 28,12, está escrito: “… he aquí una escalera apoyada en la tierra, y su extremo tocaba el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella” … Este subir de la tierra y bajar del cielo se me presentó como una vía doble y simultánea: al mismo tiempo que una forma de pensar; clara y distinta, poco a poco se iba haciendo poesía, otra forma de pensar, emocional, compleja, incierta, se volvía filosofía. Ambas, aunque diferentes, se respondían, se entremezclaban, unidas, como hermanos siameses, por un corazón único, que latía en una zona donde el dolor era impensable.

La escalera de los ángeles no fue un consuelo para mí, fue una tabla de salvación. No hay en este libro ni una sola palabra que no me haya sido dictada por ese centro luminoso que es la raíz o el fruto de nuestra sombra.

El Todo es siempre, si no es siempre no es Todo. La parte es efímera; si no es efímera no es parte. El Todo precede a sus partes. Si no las precede es parte de las partes. Las partes son acontecer, no ser. Lo que acontece es efímero, cambia. El Todo no acontece ni cambia. Como es siempre, los cambios y acontecimientos son ilusorios. Siendo el Todo algo más que la suma de sus partes, por precederlas también es menos que sus partes.

Mientras el pájaro del secreto nos canta en los oídos
buscamos palpando como ciegos el perfil de las palabras
queriendo hacer de su sentido piedras en nuestras manos
mas por no escucharlo hemos perdido el acceso al mundo

Cualquier ley, idea o concepto, por ser limitada expresión de un Todo incognoscible, válida sólo para el individuo o la sociedad que la pronuncia en un presente dado, será, en un momento futuro, objeto de risa. Por fragmentario, el pensamiento humano presentado como “serio” es cómico. Sabiduría es la búsqueda de lo risible en un pensamiento que siempre, por ser ilusoria parte, está condenado al error. La risa denuncia sus límites y aproxima este pensamiento a la totalidad. Cómico es aquello que, siendo parte, es tomado como Todo.

Queremos permanecer para siempre de una manera absurda
dentro de los límites del ser que ni siquiera es nada,
pero el tiempo se divide en un infinito mar de ángeles
muriendo con sonrisas de cordero en las manos de Dios.